Diego Fernández Q. Omatidio

Omatidio, peza para actriz, fotógrafa e un home calquera
(Extractos e proceso de escritura)

Diego Fernández Q.

Omatidio, pieza para actriz, fotógrafa y un hombre cualquiera es una obra que escribí en Buenos Aires en 2001. En el enero estival de 2002 aún asolaba la revuelta del fatídico diciembre de 2001. Argentina seguía queriendo contarse a sí misma su propia convulsión. Mientras tanto yo me empeñaba en plasmar otro tipo de crisis; una tragedia personal sin resonancias colectivas, o al menos no tan evidentes.
Me vi entonces pergeñando esta obra relacionada al tema del proceso creativo. Concretamente la relación entre un artista y su modelo –fotógrafa y modelo, en este caso-. Los límites morales entre el arte y la vida, sin prejuicios ni mensajes aleccionadores. La mayor parte de la historia transcurre en un set fotográfico. La sesión trata de un accidente automovilístico y su sobreviviente.
La modelo/actriz realiza a lo largo de la trama ciertas confesiones, que desdibujan la ‘realidad’ de su personaje y cruzan otras ‘realidades alternas’ vinculadas al accidente y una historia familiar. La fotógrafa se presta a los roles y digresiones que propone la modelo/actriz, pero siempre con un fin artístico, en busca de sus imágenes. Si consideramos la dimensión de la puesta en escena, propiamente la sala de teatro, esto surtía un efecto multiplicador de los espacios de representación: una sala de teatro devenida set de fotografía, devenido una exposición de arte. La fotógrafa termina reinventando a la modelo/actriz como un nuevo objeto artístico de exhibición, desechando todos los clamores, necesidades y otras marcas de identidad del personaje. Un sujeto escindido, nuevo, y por ello, nuevamente íntegro.
Durante el proceso de escritura y luego en la puesta, se me aparecieron imágenes autobiográficas que regalé a la modelo, y que ella me devolvió más tarde en una forma calamitosa e irreconocible. Mi condición de argentino hijo de inmigrante gallego y una corta infancia en la aldea paterna, enclavada en las Rías Baixas, me dejaron saber de las cosechas, los mariscos, las frutas y la velocidad de los gallos. Por otro lado, mi madre, leonesa, de Ponferrada, y su infancia de posguerra y racionamiento tuvieron también lugar en la obra. Todo esparcido en un paisaje borroso que escapa al paso del tren, parecido a la memoria o a la fábula, da lo mismo.

Aquí les dejo algunos fragmentos de la obra que, si bien echados así, de forma algo inconexa, sedimentan con mayor o menor claridad los temas que les referí anteriormente.

NOTA ACLARATORIA: la fotógrafa y la mujer son el mismo personaje. Lucía es la modelo/actriz. El hombre es ese “hombre cualquiera” del título. Alguien disponible, funcional, que admite los diferentes roles que le asignan cualquiera de las otras dos. Puede pensarse como el padre de Lucía, modelo, amante y/o asistente de la fotógrafa.

LA PLAYA

Jardín trasero de la casa. Lucía en malla*, de espaldas. Su cuerpo exhibe cortes y magulladuras. Próximo a ella, sentado en una reposera, el cuerpo del hombre embolsado. Sobresalen sus pies pálidos, de venas traslúcidas, apoyados sobre el césped. La fotógrafa acuclillada a metros contempla la escena. Se acerca e introduce su mano por un tajo de la bolsa y extrae un puñado de cenizas.
MUJER:- (A Lucía, mientras las estudia) ¿Qué ves acá?

(*) Bañador.
LUCIA:- (Sin voltear a ver) Mi padre y su glándula de posguerra. Una glándula alucinatoria que le hace creer en la prosperidad de las manos y los pies. Pero su columna se vence de tanto apilar cajas; de vender leche a las viejas sin pelo ni cejas.
La mujer sopla las cenizas de su palma. Escarba más hondo y saca un puñado de arena, que también examina.
HOMBRE:- Ironía de las vacas amotinando sus ubres durante los años de racionamiento. “Maldita vaca trotskista” repiten las hordas de granjeros mientras la atraviesan con sus rastrillos.
La mujer la mira. Inclina al cuerpo que vacía arena desparramándola a sus pies.
LUCIA:- (Mientras vierte la arena) Dificultad de sacar los dientes del rastrillo de la carne para volver a clavar. La sangre vuelve carne todo, incluso las balas de los cañones.
La mujer, entusiasmada, dispone una loneta de playa en el piso frente al cuerpo.
MUJER:- ¿Y acá?… ¿qué ves acá?
Lucía voltea y repara en el cuerpo. Ellas se miran. Sobreponiéndose a sus heridas Lucía se tiende en la loneta junto al cuerpo, como si ambos estuviesen echados al sol.
LUCIA:- Papá una vez me llevó a la playa. Los árboles multiplicaban ramas para impedirnos el paso… (Sonríe. Se vuelve un poco hacia el cuerpo) Estábamos perdidos, asfixiados de follaje. Él empezó a abrirse paso cortando las ramas con sus manos. Dejó su carne en las ramas. (Se abraza, tapándose, súbitamente púdica. Se sobrecoge por las heridas de su cuerpo. Apenas se anima a tocarlas. De pronto se recompone) No, no… falta…¡el abrazo de un padre!…¡el pelo alborotado al regresar de la playa! (Se mete rauda al interior de la casa).

DIAPOSITIVAS EN FAMILIA

Living de la casa en penumbras. Lucía parada en medio del living. Unos pasos atrás, en diagonal a un lado y otro de ella, el hombre y la mujer. Todos mirando hacia el frente.
MUJER:- (Animada) En ésta estamos con tu padre y unos amigos. El Sr. y la Sra. Varela. ¡¿Viste qué gorros más ridículos?!… Era la fiesta anual de los repartidores de fiambres y embutidos. Había sorteos. Tu padre sacó el quinto premio: un queso.
Lucía se esfuerza por ver. El hombre se inquieta. Mira a la mujer.
MUJER:- (Al hombre) Sigamos.
El hombre recupera su compostura y vuelve su mirada hacia delante. PAUSA.
LUCIA:- (Sonriendo) Qué raro tenías el pelo, mamá.
HOMBRE:- ¡No podía aceptar ese queso!
Mira a la mujer, que se desentiende.
HOMBRE:- Ella y el Sr. Varela. El Sr. Varela era un poderoso empresario. Él había donado los premios para el sorteo. El animador se cansaba de repetir mi número por el micrófono. Tu madre y el Sr. Varela alzando la mano y señalándome. El tipo se tiraba a mi mujer y a mí me daba un queso… Por otro lado el queso no tenía la culpa.
Lucía y la mujer se miran con cierta perplejidad.
HOMBRE:- (A Lucía) Mirá esta otra.
Ambas miran al frente.
HOMBRE:- Mirá cómo te abraza por detrás mientras fuma su cigarrillo. Pensaba dejarnos, al terminar ese cigarrillo.
MUJER:- (Al hombre) Nunca terminé ese cigarrillo.
Vuelven sus miradas hacia delante. PAUSA.
LUCIA:- (Adelantándose intrigada) ¡Esperá!…¡Volvé, detenete en esa!
HOMBRE:- ¿Cuál?… ¿Ésta?
Lucía avanza unos pasos más tanteando con su mano. BREVE PAUSA. La mujer va por una valija y una pila de ropa. Empieza a empacarla. Cuando termina se ubica nuevamente donde estaba, con la valija en mano.
HOMBRE:- Es de esa misma noche, cuando regresamos. La ropa de tu madre estaba regada por todo el cuarto. Me desnudé junto a la cama. Arrojé mis prendas sobre las de ella. Probé la manga de mi camisa sobre el zapato de taco y volteé a ver si con eso ella despertaba. Mi reloj en un pliegue de su falda. La pierna del pantalón atravesando sus bragas. Por la mañana se iría con Varela. De hecho, se habría ido con él esa misma noche, de no haber estado tan cansada.
MUJER:- (Lo mira terminante) Esta noche.
HOMBRE:- ¡¿Y tu hija…?! ¿No recordás esa foto? La estás abrazando.
MUJER:- (Contemplando a Lucía) Ah, esa foto…
Lucía voltea y la mira suplicante. La mujer suelta la valija.
MUJER:- (Abstraída) Sí… el día que me vaya podés dejar esa foto proyectada.

EL AUTO

Living de la casa. El hombre y Lucía sentados en bancos. Ella más adelante que él, en diagonal. Ambos miran al frente.
HOMBRE:- Mi vieja casa quedaba en mitad de dos o cuatro ríos.
LUCIA:- El Ulla.
HOMBRE:- Bombardeaban los ríos. Por eso siempre había peces en el tejado. Mis hermanos y yo nos alegrábamos apenas veíamos pasar los aviones. Luego era cuestión de esperar. Íbamos por la escalera y subíamos al techo… Por supuesto que también había escombros y otras cosas, pero desde abajo alguien siempre te guiaba: “No, dejá eso, sólo pescado”. Por eso un día dije: América… No quiero más casas con tejas, ríos, pescado… No me fue tan mal. Compré un auto.
LUCIA:- Usado.
Él apenas la mira.
HOMBRE:- Poco kilometraje.
LUCIA:- Amarillo patito.
HOMBRE:- El auto que disfrutamos todos los domingos.
LUCIA:- Ese mismo.
HOMBRE:- Que tantas alegrías nos ha dado.
LUCIA:- Sí, ¿me lo prestás?
HOMBRE:- No. Te estrellarías.
LUCIA:- Tengo cuidado.
HOMBRE:- Me lo rayaste.
LUCIA:- Cuándo?!
HOMBRE:- Vos y tus amigos comen y dejan migas en los asientos.
Ella resopla fastidiada.
HOMBRE:- El día que lo compré quise hacerlo: irme muy lejos.
LUCIA:- Me lo prestás sí o no?!
HOMBRE:- Ahora del auto estoy hablando yo.

VELADO

Lucía sentada en el piso. A sus espaldas la mujer prepara una sesión fotográfica de una naturaleza muerta. Hay una manzana sobre el mantel, una rebanada de pan y una botella de vino con la copa servida. La mujer hace el test de luz. Se aparta y contempla el set a través de la lente de la cámara.
LUCIA:- Un muestrario de interruptores, algunos muy voluptuosos, atornillados a esta carne negra, industrial. Estas “llaves cromadas” son susceptibles a ser accionadas por dedos calientes.
MUJER:- ¿Cuál oprimirías?
LUCIA:- (Contrariada) ¿Oprimir…? (BREVE PAUSA) El primero…de la derecha, arriba.
MUJER:- Si oprimís ese obtenés el negativo de una niña etíope desnutrida. ¿Estás dispuesta a ayudarla?
LUCIA:- (Confundida) Yo…
MUJER:- No. Entonces mejor dejemos a la niña en negativo. Elegí otro.
BREVE PAUSA. La mujer reubica los objetos. Sin dejar de mirar a través de la cámara, introduce su mano en el set. Toma la manzana y la muerde tras la cámara, para volver a introducirla en el campo visual y así en lo sucesivo.
LUCIA:- Estos interruptores vuelven más tentadora la carne; eso y la carcasa rectangular que le sirve de molde. La imagen reside ciega en el interior.
MUJER:- (Mientras come) Ahora nos vamos entendiendo.
Lucía voltea y la mira de sesgo con cierta animación.
LUCIA:- Todo se trata de un gran ojo frío que espera, lo demás es carne alrededor… No me malinterpretes, los interruptores no son una excusa. Merced a la prótesis óptica se aprecian vacas en la península ibérica, en una casa en particular cerca de la desembocadura del río Ulla. Los interruptores cortan el flujo de diversos fluidos oculares. El animal sigue rumiando y las moscas caen de su ojo irremediablemente muertas, sedientas. Parpadeo seco de aquí en adelante…Todo esto vi un día…y un poco más.
MUJER:- (Deja de comer. Contempla la fruta mordida en su mano) ¿Qué querés decir con “un poco más”? ¿No habrás entrado a mi laboratorio, no?
Queda mirándola penetrante, inquisitiva. Lucía apenas se mueve.
LUCIA:- (Recita el principio como una niña temerosa de recibir un castigo) Una ínfima rendija de luz rompe la asepsia. Abre llagas en la carne pálida.
MUJER:- (Severa) Entonces… la rendija de luz… fuiste vos.
LUCIA:- (Cobra valor) La rendija no importa. Sé lo que hacías: multiplicabas piel y gemidos en específica oscuridad.
MUJER:- (Sonríe con sorna) ¿Y no reconociste por casualidad la respiración de tu padre entre todos esos gemidos?
Lucía la mira sorprendida. La mujer bebe vino del set que tenía dispuesto para fotografiar.
MUJER:- Me sorprendió en el pasillo desnuda, rumbo al laboratorio. “¿Quién te espera ahí dentro?”, preguntó. Lo tomé de la mano y lo metí dentro, conmigo. Y nada más importó. Él sólo quería la verdad.
LUCIA:- (Airada) Y ahí entro yo, ¿no? ¡Entreabro la puerta y todos tus amantes se fermentan en costras de luz, y tenés que amarlos rápido antes que se vuelvan cenizas!
MUJER:- Lo quemaste también a tu padre. (Sale)
Lucía la mira sorprendida.
LUCIA:- Papá, en este momento, en algún rincón oscuro, con quemaduras en su espalda. Escuchémoslo. (Se incorpora. Queda atenta. PAUSA) No lo oigo. (Insiste en percibir algún signo con creciente nerviosismo. De pronto ceja e intenta recomponerse. Sonríe) Claro, Europa está lejos. Cuando regrese del viaje le pediré que me muestre su espalda nueva. Un inmigrante con una espalda nueva puede volver a empezar.

OCCISO

Lucía deambula por los oscuros pasillos de la casa. Sólo una luz, proveniente del living. Va hacia ella. Encuentra al hombre sentado a la mesa, taciturno. Lucía se acerca lentamente a él.
HOMBRE:- Se burlaron de mí… mis hermanas. Yo sacaba paquetes de café, azúcar, pan blanco de mi valija…y todos reían. Ya no había racionamiento. Me di cuenta porque nunca antes me habían abrazado.
Lucía se marcha.
HOMBRE:- Mi hermano tenía un Volvo estacionado en la puerta de la casa. No era usado.
Lucía regresa con tres recipientes metálicos, cada uno con su respectivo químico para el proceso de revelado. El primero contiene el revelador. El segundo el baño de detención y el tercero el fijador. Los dispone en la mesa ante el estupor de él. Ella lo ubica frente al primer recipiente y queda un paso atrás. Él lo contempla vacilante y apenas voltea a mirarla. Ella le toma la cabeza y la sumerge despacio en el primer recipiente. Él emerge segundos después, escurriendo líquido, con los ojos cerrados.
HOMBRE:- ¿Estás segura que es así?
LUCIA:- Aprendí viéndola a ella.
Él se encoge de hombros y a instancias de ella vuelve a sumergirse en el segundo recipiente. Lucía enciende un fósforo. Mientras él se mantiene así ella prende fuego el líquido del último recipiente.

Un hombre muerto. No se sabe a ciencia cierta cuál fue la película usada. El hombre está muerto en el periódico. Mala calidad de impresión. Blanco y negro. Avezado corresponsal capta las pequeñas pupilas. Aún conservan la luz del último flash. De ahí en más: tan sólo un cuerpo en tinieblas. Cuerpo entero, excepto un pie, fuera de encuadre. Cadáver inasible por el grano demasiado abierto de la foto, o tal vez insectos. Si entornamos los ojos podemos juntar el cuerpo, definirlo más. Vean: un hombre cualquiera. Mi padre.

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