Guillermo Heras. Rasguños

RASGUÑOS

(Una pesadilla de Sylvia Plath)

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Guillermo Heras

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(Roberto, Alicia, Carlos, Raquel. Unos personajes sentados. Parecería que están en torno a lo que pudiera ser una sesión de terapia. Algo similar a las tópica reuniones de unos “alcohólicos anónimos” . Luz escasa.)

Roberto.- Huyes. Parece que el silencio sería la solución. Mentira. Estás en otro lugar y todo parece una fotografía de un paisaje anterior. Recuerdas como desgarraste aquella piel que se ofrecía suave, dulce para la caricia. Te irritó y tomaste el cuchillo. Punto y aparte. Hilillos de sangre. Oyes el primer chillido. Golpeas su mandíbula. Cae de golpe. Ahora puedes actuar despacio, con delectación. Música de Scarlatti. La hoja afilada dibuja figuras abstractas sobre su geografía. El fluir de la sangre te excita y notas como tu polla se endurece. El último corte limpio, preciso, seguro es sobre su yugular. Se ha ido sin sentir nada. Un tránsito placentero. Un chorro de semen.

Alicia .- Siempre dudé de sus decisiones. Era guapo, amable, el número uno de la clase. Las muchachas se lo comían con la mirada. Yo me hacía la fuerte. Le evitaba. Un día se organizó una fiesta. Allí estaba él, altivo y seguro de sí mismo. Pasó cerca de mí. Me ignoró. Le ví a lo lejos besándose apasionadamente con la rubia a la que siempre desprecié desde el silencio. Bebían. Bailaban. Yo solo miraba. La noche avanzaba lenta. Casi de madrugada toda la gente estaba muy borracha. Era el momento. Me acerqué a él y le dije cualquier tontería. No se extrañó de nada. Me miró de arriba abajo para comprobar si le merecía la pena añadir en su canana una conquista más. Dudó. Rápidamente le puse la mano en la polla. Se rió abalanzándose sobre mí. Hice un quiebro y salí corriendo. Me siguió. Aquel jardín donde se celebraba la fiesta era espeso y oscuro. Llegamos cerca del gran árbol. Se bajó los pantalones y aparecieron unos horribles calzoncillos que no hacían juego con el estilo que se le suponía. Estaba muy borracho. Me escondí detrás del árbol. Me intentó seguir pero trastabilló y cayó con rotundidad. Tomé el trozo de tronco que antes había preparado y se lo estrellé contra su cabeza. Quedó inerte, pero su pene aún estaba fuertemente empalmado así que me bajé las bragas y yo misma me inserté en su miembro. Subí y bajé varias veces hasta que sentí que aquello se desmoronaba como un castillo de arena. Su imagen era ridícula. Me puse a gritar. Lo que vieron fue a una muchacha llorando desesperadamente, con sus muslos ensangrentados por el feroz desvirgamiento que un desaprensivo y guapo muchacho había cometido minutos antes. Nadie se extrañó de que la cabeza del mismo estuviera echa añicos. La muchacha en su desesperación no había controlado sus emociones.

Carlos .- El calor, fue el calor. Salí a la calle y vi como la gente enloquecida gritaba consignas. Por un momento pensé que solo era una manera de sacar tanta tensión como se había acumulado en los últimos días. Cuando pasaron al lado de mi puerta no pude contenerme, fue como in imán. Me uní a la muchedumbre y entoné sus cánticos con más vigor que ellos mismos. Era como una borrachera. Cada vez más y más gente. La atmósfera se cargaba y la energía del grupo parecía incontrolable. De pronto alguien lanzó una consigna. Fue como la mecha que haría estallar el polvorín. Como una sola persona nos dirigimos al supermercado de una importante cadena transnacional. Cierto que los cierres estaban echados y dentro tres guardias de seguridad esgrimían sus pistolas. De nada sirvió, el cierre cayó después de varias embestidas y aunque los guardias lanzaron varios tiros al aire, nada más vieron que la multitud se lanzaba sobre ellos, corrieron a refugiarse detrás de las cajas registradoras. Todos estábamos como enloquecidos y ante el panorama de la enorme superficie llena de alimentos, ropas o electrodomésticos se oyó un bramido general que pronto se convirtió en aullidos desesperados de lucha por el botín. ¿Porqué me vi peleando por aquel estúpido utensilio que nunca habría pensado comprar?. Nunca lo sabré. Lo que sí sé ahora, es que la furia me embargó de tal modo que cuando sentí aquellas manos queriéndome arrebatar mi trofeo cogí un destornillador que había tirado en el suelo y se lo clavé en pleno cuello. El chorro de sangre que salió disparado se me estrelló directamente en la cara. Su cuerpo cayó como un muñeco roto y empecé a patearlo con saña. En aquella ceremonia de confusión nadie parecía acordarse de nada ni de nadie. A lo lejos se oyeron las sirenas de los coches de policía. Fue la señal para una nueva estampida. Corrí hacia las destrozadas puertas y luego calle abajo en una huída desenfrenada. Al llegar a aquel parquecillo me paré y vi que no me seguía nadie. Muy a lo lejos se oían los ecos de una batalla urbana. Entonces pude ver como en mi mano derecha aún conservaba el trofeo por el que había matado a aquel infeliz: una simple y espantosa Tostadora Multipan.

Raquel.- Mi tía era odiosa. Tardes y tardes escuchando sus historias sobre la guerra civil. Los mártires fusilados por los rojos, las iglesias quemadas y saqueadas por turbas encorajinas por el mismo demonio, la abnegación de los falangistas, el indomable carácter del llamado Caudillo. Nunca conocí a mis padres. Ella dice que se fueron a América, pero alguien, una vez en clase me dijo que mejor los buscara en Rusia. Da igual. Cuando se crece en el vacío nunca tienes horizonte. Para mí el tiempo siempre fue una medida equivoca. Era como si no pasara, un espacio suspendido. Continuamente oyendo los consejos y las prédicas de mi tía. ¿Tenía que estarle agradecida por haberme criado?. Los mensajes siempre iban en esa dirección. Apenas hablaba. Me llamaban autista. Y los discursos a mí alrededor me iban taladrando el cerebro, aunque nunca se me oyera una queja. Hasta que un día cayó en mis manos una novela. Era la historia del gran amor de un tipo que está tan ciego por una mujer que no siente como ella le va envenenando poco a poco. Y así fue como trasladé la lejana narración a mi vida cotidiana. En el desván donde pasaba largas horas entre muebles y trastos viejos fui diseñando la estrategia a partir de encontrar dos piezas claves para mi plan: Un libro de cocina y un paquete con un matarratas que según el prospecto que contenía era de un valor infalible. A partir de aquel día empecé a preparar a mi tía toda una variante de platos sacados del recetario olvidado. Con una calculada precisión fui poniendo pequeñas cantidades del raticida en los platos que ella engullía, ajena al envenenamiento progresivo que iba sufriendo. Fue cuestión de pocos meses. Una noche sentí como gritaba. Decía que se quemaba por dentro, que se le desgarraban las entrañas. Yo le di un vaso de agua al que, lógicamente, había añadido una última dosis del veneno. Murió una hora después. Una fatalidad, dijeron, ya que ahora sí me quedaba totalmente sola.

Carlos.- Paisajes.

Raquel.- Es difícil avanzar.

Roberto.-Treinta y seis escalones separaban los pisos.

Alicia .- ¿Es más limpio un corte de cuchillo o un golpe de hacha?

Raquel .- El veneno es más aséptico.

Carlos .- Pero la sangre es más excitante.

Roberto.- No quiero que me llamen loco.

Raquel.- No estás loco.

Alicia .- Habrá que acostumbrarse a vivir con los ruidos.

Carlos .- ¿Qué ruidos?

Alicia .- Los de las puertas cerrándose.

Roberto.- Podríamos salir y todo dejaría de oírse.

Raquel.- Nadie nos espera ahí afuera.

Alicia .- A mí, sí.

Carlos.- Mientes.

Alicia .- No sé mentir.

Roberto.- Un juego.

Raquel.- Mentir.

Roberto.- Huir.

Alicia .- Reir.

Carlos.- Sentir.

Raquel.- Ya no quedan puertas.

Roberto.-¿Porqué las cerraste?

Alicia.- Para no poder salir.

Carlos.- En la plaza del mercado amontonan ramas secas.

Roberto.-Un matorral de sombras no es un buen abrigo.

Alicia .- Habito mi propia imagen de cera, el cuerpo de una muñeca.

Raquel.- El malestar comienza aquí: soy blanco de las brujas.

Carlos .- Sólo el diablo puede con el diablo.

Alicia .- En el mes de las hojas rojas, me subo a un lecho de fuego.

Roberto.-Es fácil culpar a la oscuridad: la boca de una puerta, el vientre de la bodega.

Alicia .- Han apagado mi bengala.

Raquel.- Una dama vestida de negro me tiene encerrada en una jaula de loro.

Carlos.- ¡Qué ojos tan grandes tienen los muertos!

Alicia.- Intimo con un espíritu peludo.

Roberto.- El humo da vueltas desde el pico de este frasco vacío.

Raquel.- Si soy pequeña no puedo hacer daño.

Alicia .- Si no me muevo, no tiraré nada. Es lo que dije, sentada bajo la tapa de un bote, diminuta e inerte como un grano de arroz.

Carlos .- Madre de escarabajos, suelta la mano:

Roberto.- Volaré por la boca del cirio como polilla que no se quema.

Raquel.- Devuélveme la forma.

Alicia .- Estoy dispuesta a interpretar los días que copulé con el polvo a la sombra de una piedra.

Raquel.- Mis tobillos se iluminan.

Alicia .- Asciende la luz por mis muslos.

Raquel.- Envuelta en toda esta luz, estoy perdida, perdida.

Roberto.- Y no poder despertar.

Carlos .- Soportar el gran silencio.

Alicia .- Despertadme de una vez.

Roberto.- Estás despierta.

Alicia .- No es posible.

Carlos .- Aquí todo es posible.

Raquel.- Suena a cuento.

Roberto.- A un mal sueño.

Alicia .- Voy a abrir la puerta.

(Silencio. Nadie se mueve)

Carlos .- Meditaré sobre la normalidad.

Alicia .- Volveré a dormir.

Raquel.- El futuro es un buitre gris.

Roberto.-Un tigre sin cabeza.

Alicia .- El último que salga que apague la luz.

(OSCURO)

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